EL Cuadro de la virgen
El cuadro de María Desatadora de Nudos es una de esas imágenes que al contemplarla lentamente, su historia se va revelando poco a poco en el corazón del que se acerca con fe.
La escena está inspirada en la visión descrita en el libro del Apocalipsis, en el capítulo 12: “Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.” Así aparece María en la pintura: luminosa, serena, llena de una majestad sencilla.
La Virgen está de pie en el centro del cuadro. Bajo sus pies descansa la luna, signo de que María participa plenamente de la victoria de Dios sobre la oscuridad.
También está la serpiente, cuya cabeza es aplastada por el pie de la Virgen. Es la antigua imagen del mal derrotado: el pecado, el engaño, la división… todo aquello que intenta enredar la vida del hombre.
Su vestido es rojo. Ese color recuerda que ella es la Madre de Dios, la mujer llena del Espíritu Santo, la que participó íntimamente en la obra de la redención. Sobre ese vestido descansa un amplio manto azul. El azul es el color tradicional de la Inmaculada: la mujer totalmente transparente a Dios, la criatura que no fue atrapada por los nudos del pecado.
Alrededor de María revolotean pequeños ángeles. No están allí solo para embellecer la escena; parecen participar activamente en la misión que el cielo ha confiado a la Virgen. Dos de ellos sostienen una larga cinta blanca que cruza la imagen. Esa cinta está llena de nudos complicados, enredos que recuerdan los problemas de la vida humana: heridas familiares, incomprensiones, pecados, miedos, historias que se han ido apretando con el tiempo.
A la izquierda, un ángel —tradicionalmente identificado con el arcángel Miguel— le entrega a María la cinta llena de nudos. Y a la derecha, otro ángel —asociado con el arcángel Gabriel— recibe de sus manos esa misma cinta completamente desatada.
El gesto de María es delicado y paciente: con sus dedos va soltando uno a uno los nudos. No los corta. No los rompe. Los desata. Como hace una madre cuando con paciencia desenreda los hilos que su hijo ha confundido.
En la parte inferior del cuadro aparece una pequeña escena que muchos pasan por alto. Allí se ve al arcángel Rafael guiando al joven Tobías en su camino. Es una escena tomada del Antiguo Testamento que simboliza al hombre que camina entre sombras buscando la medicina de Dios. Rafael conduce a Tobías hacia la luz, donde se distingue un pequeño pueblo. Es la imagen de la vida humana: un camino en medio de dificultades, pero acompañado por la providencia divina.
Así, todo el cuadro parece contar una misma historia: el hombre camina con sus nudos, con sus heridas y confusiones. Pero Dios no lo abandona. Le regala a una Madre. Y esa Madre, con la paciencia del cielo, toma en sus manos los hilos enredados de nuestra vida… y comienza, lentamente, a desatarlos